WASHINGTON (apro) – A las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001 cambió por siempre la manera de vivir y quedó demostrada la vulnerabilidad de la seguridad de Estados Unidos, en ese preciso instante el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra el edificio de las Torres Gemelas, en Manhattan.

En total perplejidad los neoyorquinos y los estadunidenses iniciaban ese martes pensando que el incidente se debía posiblemente a que una avioneta o una aeronave pequeña se estrelló accidentalmente contra el gran coloso de hierro y concreto, símbolo del poder económico en la gran ciudad que nunca duerme.

El resto de los estadunidenses y los ciudadanos de otros países posiblemente también pensaban lo mismo, porque “en vivo” estaban siendo testigos de lo mismo a través de sus pantallas de televisión, sin siquiera imaginar lo que en realidad se cernía en torno al “accidente”.

Pasaron 17 minutos en los que medios de comunicación especulaban sobre lo ocurrido y los equipos de rescate de Nueva York, bomberos y policías subían las escaleras y tomaban elevadores del World Trade Center (WTC) para atender a víctimas cuando ocurrió o inesperado.

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En vivo y a todo color neoyorquinos, periodistas y la gente de otros países que seguían lo ocurrido en sus televisores, atestiguaron a las 9:03 de la mañana, en Manhattan, el momento en que el vuelo 737 de United Airlines también se estrellaba contra las Torres Gemelas del WTC.

No había necesidad de más, no fueron accidentes, se trataba de actos de terrorismo y no había necesidad de ser experto en la materia para llegar a esa conclusión y predecir que lo siguiente sería caótico e impredecible.

Dos minutos después, a las 9:05 de la mañana, Andrew Card, el jefe de gabinete de la Casa Blanca se acercó al presidente, George W, Bush, -quien se encontraba hablando con niños en un salón de clases de una escuela primaria en el estado de Florida-, para informarlo sobre la situación de lo ocurrido en Nueva York.

La mueca de incredulidad y desconcierto de Bush quedó para los anales de la historia como evidencia de la gravedad que vivía su país, el mandatario se levantó y abandonó a los estudiantes de primaria para atender el caos que se venía encima.

En la capital de los Estados Unidos, tras el segundo ataque al WTC, todo era alarma y consternación, los servicios de seguridad del país bloquearon los alrededores de la Casa Blanca, bloquearon los servicios de telefonía celular en el entorno y agentes del Servicio Secreto resguardaron al edificio considerado de mayor poder en el mundo.

Las noticias infundadas corrían por todos lados, se hablaba de que otros aviones usados como misiles se dirigían para estrellarse contra otros edificios federales: la Casa Blanca, el Departamento de Estado, el Capitolio, el Departamento de Justicia.

En el Congreso federal los legisladores y personal de ese mundo legislativo comenzaron a evacuar el Capitolio y los edificios a su alrededor de la Cámara de Representantes, la gente miraba al cielo.

Washington, D.C. atestiguaba cómo los trabajadores de oficinas gubernamentales y de todo tipo salían de los edificios para irse a sus casas con sus familias; sin decirlo, su instinto de supervivencia les indicaba que en ese momento la capital estadunidense era un nicho de peligro.

Eran las 9:37 de la mañana y en medio de la maraña de miedo, otro Boeing comercial, el del vuelo 77 de American Airlines, se estrelló contra una de las 5 caras del Pentágono, exponiendo así que la nación más poderosa del planeta podía ser destruida sin fuerzas militares superiores sino por la mente maquiavélica del terrorismo usando a civiles como armas, en este caso a pasajeros de aviones comerciales.

Ocho minutos después, Bush ordena el cierre de todo el espacio aéreo de los Estados Unidos y las aeronaves que se encontraran en el aire reciben el mandato de aterrizar en el aeropuerto cercano a su alcance, sin ninguna excepción para nadie.

Diez minutos después, a las 9:55, el presidente de Estados Unidos aborda el avión presidencial Air Force One, con destino desconocido y resguardado por aviones caza F-15 para garantizar su seguridad y poder ejercer el poder como comandante en jefe de las fuerzas armadas para defender a su nación; esto era ya la guerra contra el terrorismo.

Todo fue cuestión de minutos ese martes 11 de septiembre de 2001: desde el primer ataque, a las 9:55 frente a los ojos del planeta se colapsó la torre sur del WTC y con ella la imagen de fortaleza de un país que nunca esperó esa realidad, fallaron sus sistemas de inteligencia, sus redes de espionaje internacional exponían falacias.

Faltaba otro golpe mortal, el último de ese martes 11 de septiembre que cambió la manera de vivir en todo el mundo y de observar a vecinos, amigos, enemigos, transeúntes, todos podían ser posibles agresores y terroristas, especialmente acentuó el racismo.

El vuelo 93 de United Airlines se desplomó en Shanksville, Pensilvania, los terroristas que lo secuestraron no llegarían a su objetivo original y optaron por el atentado suicida llevándose la vida de 30 pasajeros y 7 miembros de la tripulación, los aviones de guerra de Estados Unidos ya patrullaban los cielos de la nación mancillada.

El horror de ese martes culminó a las 5:30 de la tarde cuando doblegada por el golpe terrorista, sucumbió la otra torre del WTC; en ese imponente inmueble los terroristas asesinaron a 2,753 personas.

Fueron dos mil 977 las víctimas de esos ataques terroristas que este día cumplen 25 años de haber ocurrido.

Osama bin-Laden de Arabia Saudita y su agrupación terrorista al-Qaeda, fueron los responsables del ataque más sanguinario y efectivo hasta ahora en el mundo entero.

En la guerra de la venganza por esos siniestros Bush se equivocó de enemigo, pero la región del Medio Oriente, específicamente los países árabes, todos sin excepción se volvieron sospechosos de todo y sujetos al poder militar e imperial de Estados Unidos, de una forma o de otra.

Al cumplirse el 25 aniversario del ataque terrorista del martes 11 de septiembre de 2001 a los Estados Unidos, hoy su presidente, Donald Trump, los recuerda en las ceremonias oficiales, mientras desde el Pentágono, libra otra guerra con una nación persa, Irán, conflicto del cual ningún estadunidense lo dice, pero lo piensa, temen que con el tiempo puedan darse venganzas terroristas contra ellos.