Estatal

México 86

Tenía diez años cuando México fue anfitrión de la Copa del Mundo de 1986. Saltillo, mi ciudad, sería una de las subsedes donde llegarían algunas de las selecciones, y aunque entonces no comprendía del todo la magnitud del evento, algo en el aire cambió. Los hoteles se llenaron de colores extranjeros y las calles hablaban idiomas diferentes.

 

Recuerdo con precisión cristalina el día en que mi hermano y yo pedaleamos en nuestras bicicletas campo traviesa hacia las canchas de un deportivo del Magisterio, no muy lejos de nuestra casa. Íbamos persiguiendo un sueño de niños: ver entrenar a la selección portuguesa, hospedada en el Hotel La Torre.

 

Llevábamos un balón bajo el brazo, con la esperanza ingenua de que alguien nos lo firmara. Cuando terminaron el entrenamiento, nos atrevimos a entrar a los vestidores con nuestro tesoro. Los jugadores nos vieron con esa risa que solo los atletas profesionales reservan para los niños: sorpresa y ternura mezcladas. Sin dudarlo, cada uno de ellos rubricó nuestro balón. Paulo Futre y Vitor Damas, estrellas de una selección que sorprendería al mundo, pusieron sus firmas en el cuero gastado que apretábamos como si fuese la copa misma.

 

Al día siguiente, mi hermano y yo repetimos la hazaña. Esta vez nos dirigimos, también en nuestras bicicletas, al Camino Real, hotel donde se hospedaba la delegación inglesa. Con mayor audacia, nos colamos al buffet del desayuno mientras los jugadores, impecables en sus sacos con la bandera inglesa en el pecho, disfrutaban de sus alimentos. Llevábamos un programa donde venían las fotografías y perfiles de cada jugador. Gary Lineker, el que terminaría siendo máximo goleador del torneo, estaba ahí. Recuerdo su brazo enyesado mientras firmaba su fotografía de buena gana. Aquellos ingleses nos regalaron su tiempo como si fuésemos amigos de infancia. Quizá por eso me haya dolido tanto su eliminación en cuartos de final contra Argentina y “aquella mano de Dios”, que no fue otra que la tramposa de Maradona.

 

Cuarenta años después las cosas han cambiado. El Hotel La Torre sigue ocupando un lugar en el paisaje saltillense aunque ahora como una estructura abandonada que se alquila como espacio publicitario y el Camino Real dejó de recibir viajeros para transformarse en cuartel militar.

 

Otra diferencia notable es que antes no había protocolos de seguridad sofisticados, ni distancias de cristal entre ídolos y admiradores. Los jugadores caminaban por Saltillo como turistas curiosos, conociendo la ciudad, probando su comida, siendo parte de ella. Esos momentos, que parecían tan ordinarios entonces, se convirtieron en tesoros invaluables. No había celulares para inmortalizar el momento, no había redes sociales para compartirlo. Solo estaba la vivencia, pura y tangible, grabada en la memoria para siempre.

 

Los estadios cambian, los hoteles desaparecen, los futbolistas se retiran y el tiempo sigue su marcha. Pero hay recuerdos que conservan intacta su camiseta. En algún lugar de mi memoria siguen pedaleando dos niños rumbo a un entrenamiento, convencidos de que el mundo entero cabía en un balón de futbol.

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