Refrendan el compromiso por libertad de expresión; evalúan desafíos en conversatorio

Pascal Beltrán del Río, director editorial de Excélsior, alertó sobre el debilitamiento gradual de la libertad de expresión en México, marcado por la estigmatización del disenso, la violencia contra periodistas y nuevas formas de censura social y digital.
En el conversatorio Retos de la libertad de expresión, convocado por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, Beltrán del Río se refirió a que hablar hoy de libertad de expresión en México implica reconocer un contexto adverso atravesado por el poder político, la violencia y el miedo.
En el auditorio Alejandro Avilés señaló que la libertad de expresión, más que una discusión teórica, se trata de un debate urgente para quienes ejercerán el oficio en un entorno cada vez más hostil.
Dijo que “la libertad de expresión no se pierde de golpe, no desaparece con un decreto ni con una reforma explícita. Se erosiona, se desgasta, se encoge, se vuelve riesgosa y a veces lo más inquietante se vuelve socialmente impopular”.

El periodista, convocado a este conversatorio por la asociación Periodistas en Resistencia y la dirección de la Carlos Septién García, indicó que “en el México de la Cuarta Transformación, el principal reto no es que la libertad de expresión haya sido formalmente abolida, sino que se ha vuelto frágil, selectiva y crecientemente condicionada.
Uno de los primeros desafíos es el uso del poder político para deslegitimar la crítica. Cuando desde el Estado se construye un relato donde disentir equivale a traicionar, donde preguntar equivale a conspirar y donde investigar equivale a servir a intereses oscuros, el mensaje no necesita sensores, se instala en el ambiente. El periodista aprende que la crítica tiene costo, que el señalamiento trae linchamiento y que la duda es castigada. No siempre con cárcel, a veces sí, pero sí con la estigmatización, el aislamiento y el descrédito”.
La normalización de la violencia contra periodistas en México
El director editorial de Excélsior se refirió a otro factor: la normalización de la violencia contra periodistas. México, dijo, sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer este oficio. El problema no es ya que maten periodistas, sino que nos hayamos acostumbrado a que eso ocurra.
Que la violencia se explique, se relativice o se atribuya automáticamente a causas personales. ‘¿Quién sabe en qué anda metido cuando lo mataron?’. La impunidad no sólo mata cuerpos, mata la idea misma de que vale la pena hablar. A eso se suma un tercer desafío, la captura moral del discurso público.
En nombre del pueblo, entre comillas, de la justicia entre comillas o de una supuesta superioridad ética, se descalifica el mensajero sin entrar al mensaje.
“El debate se sustituye por consignas. El argumento por la etiqueta y la libertad de expresión deja de ser un derecho universal para convertirse en un privilegio de quienes dicen lo correcto en el momento correcto”.
El reto de la libertad de expresión frente a la tecnología
Beltrán de Río se refirió al reto tecnológico en el contexto de la libertad de expresión. Las redes sociales, dijo, ampliaron la voz, pero también amplificaron el castigo. El escrutinio es permanente, la cancelación inmediata y el error imperdonable.
En el conversatorio participaron periodistas de amplia experiencia como Víctor Sánchez Baños, Moisés Sánchez Limón, o Carlos Velasco.
La participación de Ivonne Melgar, reportera de Excélsior, fue una línea claridosa en el contexto del tema. “En tiempos de miedo, porque ésa es la verdad, la valentía de hacer este ejercicio, que obliga a un periodista tan completo, como Pascal Beltrán del Río a ordenar sus ideas, lo felicito y lo reconozco.
Melgar se refirió al rigor con el cual se ejerce ahora mismo el periodismo, “porque nos ven con doble lupa, y él es parte, como mi amiga y compañera Lety Robles (también reportera de este periódico), somos parte de la generación que hemos hecho columna, como parte del reporteo, no sólo cómo pienso yo las cosas, sino que voy a contar de lo que estoy viendo y con qué rigor lo voy a registrar”.
En la lectura de su texto, el director de esta casa editorial se refirió a que todo el panorama planteado se suma la confusión entre libertad de expresión y propaganda. “Cuando el gobierno invierte cantidades masivas de recursos públicos en comunicación política, cuando ocupa espacios informativos con mensajes oficiales, disfrazados de información, cuando coloniza la conversación cotidiana con la narrativa gubernamental, no calla a voces directamente, pero ahoga el pluralismo.
La libertad de expresión no muere sólo cuando se prohíbe hablar, sino cuando ya no se escucha nada distinto. Y hay un desafío más profundo y quizás el más inquietante. El desprestigio de la legalidad. Defender reglas, instituciones, procedimientos y contrapesos se ha vuelto sospechoso. Como si el derecho fuera un obstáculo y no una garantía. Como si el periodismo que exige pruebas, procesos y responsabilidades fuera un periodismo insensible.
“En este contexto cobra sentido una advertencia brutal, pero lúcida: en un país violento es un grave peligro ser pacifista, en un país injusto es un grave peligro ser legalista, en un país donde abunda la tontería y la perversión de los valores y que tiende a la tiranía es un grave peligro pensar, actuar y ser. La frase no es retórica, es una descripción del riesgo que enfrenta quien ejerce la libertad de expresión cuando el entorno se vuelve hostil a la razón, a la crítica y a la duda.
Nada de esto significa que la libertad de expresión haya desaparecido. Significa algo más inquietante, que se ejerce en condiciones cada vez más adversas, que exige más valentía, más rigor y más claridad ética, que obliga a decidir todos los días si se quiere ser popular o se quiere ser veraz. Si se quiere ser cómodo o incómodo. Por eso, este conversatorio importa.
“Porque la pregunta ya no es sólo si existe la libertad de expresión, sino qué estamos dispuestos a pagar por ejercerla y qué tipo de periodistas quiere formar esta generación”.



