Con acordeón o IA, las trampas siguen, es un tema cultural

Mucho antes de que existieran plataformas de vigilancia remota, cámaras encendidas durante un examen o sistemas de inteligencia artificial capaces de detectar movimientos sospechosos, la trampa cabía en un pequeño pedazo de papel doblado una y otra vez hasta convertirse en un acordeón.
También se escribía en la palma de la mano, en el antebrazo o sobre la pierna, donde las fórmulas y respuestas quedaban ocultas bajo el uniforme. Había quien esperaba un descuido del profesor para mirar el examen del compañero, quien se ponía de acuerdo con un amigo para intercambiar respuestas o quien memorizaba el lugar exacto donde había escondido sus apuntes.
Hoy las herramientas son otras. Un teléfono celular, un grupo de mensajería, unos lentes inteligentes o una plataforma de inteligencia artificial pueden hacer en segundos lo que antes requería horas de preparación.
Pero, aunque la tecnología ha transformado las formas de copiar, el impulso de buscar una ventaja en una evaluación no es nuevo.
Las irregularidades detectadas en el examen de ingreso a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que derivaron en la cancelación de miles de evaluaciones y en la aplicación de un examen presencial de control para poco más de 58 mil aspirantes, reabrieron una discusión que acompaña a la educación desde hace generaciones: ¿ha cambiado la trampa o únicamente cambiaron las herramientas?
Para el sociólogo e investigador de la Universidad La Salle Felipe Gaytán la respuesta es clara.
“Cambian las tecnologías, por supuesto. Hay una sofisticación mayor con el uso de la inteligencia artificial, de los lentes inteligentes y de distintos recursos digitales, pero también cambia una cuestión ética”, explica.
El especialista sostiene que durante décadas hacer un acordeón implicaba, paradójicamente, un proceso de estudio.
“Alguien hacía sus apuntes, elaboraba su acordeón o se ponía de acuerdo con otro compañero para responder. Indirectamente había un proceso de aprendizaje porque debía seleccionar información, escribirla y comprenderla. No significa que estuviera bien, pero había otro proceso.”
Con las herramientas digitales, afirma, esa dinámica cambió: “Ahora simplemente copias, pegas y entregas.
Muchas veces ni siquiera sabes qué estás contestando. La carga ética también cambia porque la sensación de culpa es menor. Se utiliza un recurso que está disponible y listo.”
El investigador recuerda que hoy es frecuente encontrar tareas, ensayos o ejercicios elaborados completamente por sistemas de IA que algunos estudiantes entregan sin siquiera revisarlos.
“Cuando les preguntas qué dice el trabajo, responden que no saben. Antes, al menos existía una ventana de reflexión durante el proceso. Hoy ni siquiera necesariamente ocurre.”



