La fábrica de Norteamérica

Hace unos días leía en los medios dos textos aparentemente contradictorios. Uno sostenía que el libre comercio en Norteamérica ha llegado a su fin por los aranceles norteamericanos. El otro mostraba que la inversión extranjera directa sigue llegando a México, gracias al impulso que dan estados como Coahuila, y que nuestras exportaciones al mercado estadounidense siguen creciendo.
A primera vista, ambas cosas parecen incompatibles. Si el libre comercio está muriendo, ¿por qué las exportaciones no se reducen?
La respuesta está en entender que una cosa es el libre comercio y otra muy distinta la integración económica. Durante más de tres décadas, México, Estados Unidos y Canadá construyeron algo más complejo que un tratado comercial. Construyeron una enorme fábrica regional. Una fábrica que no tiene paredes ni una ubicación geográfica excluisva. Una fábrica que se extiende desde Ontario hasta Coahuila, desde Michigan hasta el Bajío.
Tomemos como ejemplo un automóvil. El acero puede provenir de Canadá. El diseño y parte de la ingeniería realizarse en Estados Unidos. Los arneses, componentes electrónicos y sistemas de manufactura producirse en México. Durante su proceso de fabricación, algunas piezas cruzan la frontera varias veces antes de convertirse en un vehículo terminado, de tal suerte que lo que compramos en una agencia ya no es un producto estadounidense, mexicano o canadiense. Es un producto norteamericano.
Por eso, aunque hoy existan más aranceles, más restricciones y más tensiones políticas que hace algunos años, las empresas siguen invirtiendo y las exportaciones fluyendo. Desmontar una cadena de suministro construida durante treinta años resulta extraordinariamente costoso. Las fábricas pueden mudarse. Las cadenas productivas completas son mucho más difíciles de reemplazar.
Quizá el libre comercio como ideal ha quedado atrás. Tal vez estemos entrando a una etapa donde los gobiernos intervienen más y donde la seguridad económica y los dogmas industriales sean más importantes que la eficiencia. Pero la realidad productiva permanece.
Las cadenas de valor no entienden de discursos políticos. Entienden de costos, de logística, de talento y de competitividad.
Y en ese terreno, Norteamérica es y seguirá siendo una de las regiones económicas más integradas del planeta. Por eso, más que el fin del libre comercio, lo que estamos viendo es la transformación de sus reglas con reducciones arancelarias condicionadas a objetivos norteamericanos no necesariamente económicos.
La vieja autopista comercial quizá tenga ahora más casetas, más revisiones y más límites de velocidad. Pero la circulación continúa. Después de treinta años construyendo el futuro juntos, México, Estados Unidos y Canadá ya no somos solamente socios comerciales. Somos partes distintas de una misma fábrica.



