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Del 8M a fiscalía: la geógrafa ‘intrusa’ que cartografió los feminicidios de CdMx

DOMINGA.– Nueve de la mañana, Dian llega con un café, una laptop y una pila de expedientes. Se acomoda en una sala de mesa grande pero con una sola silla. Parece que en la fiscalía de feminicidios cada día se libran batallas por las sillas. Empieza a revisar la primera carpeta de investigación, analiza entrevistas y declaraciones, necropsias y peritajes. Se concentra en las palabras pero evita las fotografías porque no se siente capaz de mirar la violencia en imágenes.

Diana Esbrí Juárez, de 31 años este día de 2022, tiene la piel clarísima con las piernas tatuadas, un piercing a mitad de los labios y una carcajada que rompe el silencio de los pasillos de la Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio. No es una burócrata. No llegó haciendo el camino usual de quienes entran a las instituciones de procuración de justicia. Dian viene de la acera opuesta.

De acompañar a otras mujeres a poner su denuncia por violencia de género, de organizar protestas para exigir justicia, de hacer gestiones para que avancen las investigaciones, pasó de la calle a crear bases de datospensar variables y aplicar la ciencia social a la investigación de los feminicidios.

Dian revisa los expedientes buscando las claves que luego traducirá en celdas de un Excel porque está recabando manualmente los datos para el primer Atlas de Feminicidios de la Ciudad de México. Un instrumento de ciencia social elaborado con datos oficiales y publicado por el propio Estado, una herramienta inédita que busca entender la violencia como insumo para luego combatirla. La pila de expedientes judiciales –hoy “carpetas de investigación”– va desparramándose por la mesa, pero hacia las tres de la tarde todo vuelve a ordenarse.

Pasará muchas mañanas como esta, con pausa apenas para comer y otra vez a sumergirse en el oscuro mundo del horror de la violencia de género. Durante dos años revisará unas mil 500 carpetas de investigación, mirará a detalle cómo y dónde matan a las mujeres en la capital mexicana.

Cuando la geografía vuelve hacia la gente

Nació en 1991 dentro de una familia que ha sido activista por cinco generaciones. Es bisnieta de un militar antifranquista español, nieta de anarquistas, hija de músico y maestra, ambos activistas solidarios con diversas causas.

–A los seis años, la primera vez que pasamos por la Plaza de las Tres Culturas, mi papá me explicó que hace mucho tiempo ahí habían asesinado a muchos estudiantes. Y me dijo: tú no estuviste ahí pero no puedes olvidarlo.

Creció sin televisión abierta, en una familia progresista. En una casa donde elegían planes culturales como pasar dos años yendo cada domingo al Museo Nacional de Antropología e Historia. Pero también con tardes de jugar a tomar el té con su mamá y su tía, con una colección de 60 barbies que heredó de sus primas mayores. Usadas, despelucadas y maltrechas pero eran su séquito de barbies, dice con otra carcajada que es tal vez su gesto más suyo.

Fue adolescente típica rebelándose un poco contra sus padres pero refugiada en la lectura de clásicos como el francés Guy de Maupassant y el alemán Franz Kafka.

Llegaron a su vida las computadoras, la fascinaron de inmediato. Fueron su medio para revisar a detalle la primera enciclopedia digital, Encarta. Mientras tanto, en la prepa tuvo a un maestro –Giovani– que empezó a encender en ella un fuego: le mostró que además de ríos, capitales y climas, la geografía también puede ser política, guerra, pueblos del mundo. Casi todo lo que le emocionaba cabía dentro de esa ciencia, entonces decidió estudiar la licenciatura en Geografía.

Pero Dian, como le llaman, no pasó el examen para entrar a la UNAM. Le faltó un acierto y eso fue devastador, dice. Volvió a prepararse, seis meses después logró entrar a la más grande universidad de América Latina (y una de las más prestigiosas). Cursó la carrera con interrupciones, como muchos estudiantes, entre 2009 y 2014. Porque trabajaba como guía en un museo, luego en una cartonera artesanal y en una cafetería. Pero sobre todo pausó sus estudios cuando vivió violencia de género.

Tenía un noviecito muy violento. Yo era guía en el museo de la Comisión Federal de Electricidad, él era mi compañero y después lo hicieron mi jefe, entonces se volvió muy feo el trabajo, la escuela, todo, y me tuve que salir. Me salí dos años de la facultad […]. Yo tenía anorexia y estaba toda golpeada de las costillas. Me picaba las costillas, cuando él se enojaba me picaba fuerte, entonces yo tenía muchos moretones. Me picaba con sus manos y con algunas cosas. Me picaba cuando yo hacía algo mal y me llegó a empujar, era también una cosa psicológica muy fuerte.

Cuando volvió a la universidad, iniciaba el movimiento #YoSoy132 que se rebelaba contra el duopolio mediático y las farsas electorales del PRI. Se sumó a esas protestas y a las que siguieron: contra el desalojo de maestros de la CNTE, denunciando la represión en Nochixtlán y por el crimen de Estado de Ayotzinapa. También hizo parte de la ola más reciente de feminismos universitarios.

Pero algo hacía cortocircuito entre la Dian estudiante y la Dian activista: sentía estática, cuadrada, a la geografía que le enseñaban en la universidad.

–La mayoría de mis profesores me decía que lo que yo hacía no era geografía porque metía temas de derechos humanos, de violencia de género o temas políticos en mis trabajos. Me decían: lo que estás haciendo no es geografía, es sociología o relaciones internacionales. […] Muchos llegamos con la idea de que nos gustan los volcanes, los temblores, los tornados y la ciencia detrás de esos fenómenos, por eso llegamos ahí, pero también hay un quiebre en lo social en lo cual la geografía deja de ser solamente fenómenos físicos y vuelve a la gente.

Dian precisa mejor la idea que tiene en mente:

–Hay situaciones, procesos, fenómenos que afectan a la gente y la geografía es entender eso. No es estudiar un volcán por lo que es sino porque puede tener afectaciones a las comunidades que viven alrededor.

Llegó entonces otro profesor inspirador para ella, David Herrera Santana, y el cortocircuito teoría-realidad atizó su fuego de geógrafa no convencional. Se encontró con otras mujeres que también cuestionaban al modelo puramente descriptivo y miraban hacia una disciplina más politizady sobre todo feminista.

“Diana empieza a vincularse con otros sectores de la sociedad civil, sobre todo en el caso del feminicidio de Lesvy Berlín [cometido dentro de Ciudad Universitaria en 2017], donde ella y sus compañeras son las primeras que cuestionan la versión oficial de la universidad, que decía que no era un feminicidio”, dice David Herrera.

Respaldan a la mamá de Lesvy, organizan manifestaciones para dar a conocer el caso. Y esa experiencia que estaba teniendo en el activismo la traía a las aulas. Siempre nos ayudó a enriquecer las discusiones, que en el aula son teóricas pero con la experiencia de ella podíamos poner ejemplos y dar más elementos a quienes asistían a clase que, en aquel momento, eran grupos numerosos de 40, 50 personas”.

 

Con muchas asambleas, manifestaciones y tomas de por medio, Dian terminó de cursar la carrera. Siguió en la universidad como adjunta pero su tiempo empezó a ocuparse cada vez más en apoyar a otras mujeres. Protestas para exigir justicia por feminicidios, gestiones para que avancen investigaciones, acompañar a poner una denuncia. Así varios años hasta el 8 de marzo de 2020.

Los feminicidios que terminaban en la nota roja

–Cuando Say llega a la fiscalía de feminicidios yo le dije: ‘por favor, considérame para estar contigo’. Por WhatsApp, en plena pandemia, le dije: ‘si quieres aunque sea te acomodo los lápices pero quiero estar contigo en la fiscalía de feminicidios’. Y me respondió: no, Dian, tú vas a hacer el mapa de feminicidios.

Say es Sayuri Herrera Románabogada, activista y feminista quien ganó el concurso público para ocupar el puesto de primera fiscal de feminicidios de la Ciudad de México. Fue nombrada el 8 de marzo de 2020 y entre ese día y el 14 de febrero de 2025 revolucionó a una institución que hasta entonces no analizaba los asesinatos de mujeres con perspectiva de género ni ponía la atención de víctimas en el centro de sus esfuerzos. Dian y Sayuri se habían conocido durante la lucha por justicia para Lesvy Berlín, una organizando las protestas, la otra abogada de la familia. Habían ganado aquella lucha.

Poco después, la nueva fiscal llamó a Dian a sumarse a su equipo. Primero sin plaza oficial, pagándole de su propio sueldo (como pagaba el internet de la oficina, por ejemplo). Era un grupo de mujeres jóvenes, activistas, politizadas. Trabajaban con muchas limitaciones, compartiendo estrechas mesas en un pasillo-rincón oscuro prestado en la fiscalía de homicidios. Pero se veían emocionadas, felices.

 

–Somos un error en la Matrix –decían entonces a coro, riéndose.

Y para aprovechar ese error tenían varios planes, uno de ellos era un mapa de feminicidios que como idea había surgido cuando Araceli Osorio, madre de Lesvy Berlín, dijo que le incomodaba que las víctimas de feminicidio quedaran dentro de la nota roja. Empezaron a planear la estrategia, cómo debía ser ese mapa.

Fiel a sus ideales, Dian se reunió con colectivas, madres de víctimas, sobrevivientes de feminicidio. También con personas indígenas, trans y educadores de calle. Les planteó la idea de mapa, escuchó sus necesidades y propuestas. Empezó a ensayar bases de datos, es decir a pensar cuáles variables debía incluir. Una base existente en fiscalía tenía apenas ocho o nueve variables típicas, como edad o nivel educativo; Dian se topaba otra vez con la ciencia que ella define como cuadrada y ajena a las problemáticas sociales.

–Creo que lo importante es salirnos de variables básicas sociodemográficas que nos enseñan en el INEGI y en geografía en general, hay que sistematizar otro tipo de información que nos pueda llevar a algo […]. Por ejemplo, saber de esas mujeres cuántos hijos tenían; si estos hijos son niños y niñas en situación de orfandad o si son adultos; si pertenecen a algún grupo de atención prioritaria o vulnerable como situación de calle; si es una mujer con discapacidad. Y también sistematizar un poco de los agresores para explicar, más allá de quiénes eran ellos, cosas como el contexto o si las víctimas estaban a punto de dejarles.

Pensaron en un atlas que ubique cada feminicidio en el mapa de la ciudad: en el punto específico donde ocurrió la privación de la vida y el lugar de hallazgo del cuerpo (que no siempre coinciden); así como detalles del tipo categorías de espacio doméstico, público o comercial; existencia o no de relaciones afectivas, grupo etáreo, entre otros factores.

 

Delineado el proyecto, se lo presentaron a la entonces fiscal general de la ciudad, Ernestina Godoy. Le hablaron de cumplir con el mandato de transparencia, de generar datos oficiales, pero también de crear una forma de memoria fértil que pudiera servir para entender al fenómeno y crear políticas públicas. “Adelante, háganlo”, les dijo Godoy y autorizó la creación del Atlas de Feminicidios, dando respaldo con instrucciones y recursos para hacerlo posible.

–Uno de los objetivos principales era que como sociedad pudiéramos dimensionar la violencia feminicidaQue los feminicidios ocurren en la ciudad y no en ningún lugar como parece en los periódicos. En puntos específicos que pueden ser casas, hoteles, la escuela. Acercar esa percepción de los espacios a la sociedad. Crear algo que puede hacer más fácil entender la violencia feminicida y también dimensionarla. Porque los mapas nos dicen cosas, igual que el cuerpo de las mujeres nos dicen cómo las asesinaron –explica Dian.

 

Siguió mucho trabajo pero también la satisfacción de que, aquel error en la Matrix, daba fruto. Podía hacer de ese rincón del Estado un lugar menos opaco.

Empezó a coordinar con otras instancias como la Dirección de Geomática, secretarías del gobierno local y varias oficinas. Hubo que armar un equipo. Diseñar. Atreverse a mirar las fotos de las carpetas de investigación en busca de nuevas pistas.

–Brenda [agente del Ministerio Público] me dijo: estas fotos no son ellas. Esto es cómo las privan de la vida y nada más. Aquí no vienen sus sueños, sus metas, la vida, la felicidad. Esto no son ellas, es lo que alguien decidió por ellas que fue arrebatarles la vida, entonces lo tienes que ver de una forma analítica. A partir de ese momento comencé a verlo de esa manera. No me deshumanizó ni lo normalicé, me sigue doliendo mucho, mucho, pero me hizo verlo de una forma distinta y también adquirir un compromiso desde ahí: el compromiso de sistematizar la información.

 

La geógrafa que jamás ha cabido en el molde

Dian transforma esa información en datos que va cargando en la base. Incluye las lesiones post mortem. Les ha puesto especial atención, dice, porque confirman que muchas veces el fin no es privar a las mujeres de su vida sino un ejercicio de poder del victimario sobre la víctima. Analiza datos con sus lentes feministas desde su oficina donde conviven mapas de la ciudad con muñecas de la Power Ranger rosa y un arsenal de rotuladores coloridos siempre bien organizados.

Este día de 2023 usa un vestido color rosa estridente, cortísimo porque casi siempre viste minifaldas. Las pestañas a tono: con rímel en rosa barbieContrasta con el 99% de quienes trabajan en las instituciones de procuración de justicia. No sólo en su modo de vestir, también en su andar ruidoso y divertido, bromeando y diciendo a cada rato: ¡Dios me perdone! Además de Dian, algunos la llaman Diancomolaflor, porque es fanática de la música de Selena y así se nombra en redes sociales.

Pero, contrario a lo que proyecta, se describe a sí misma huraña, solitaria, poco amiguera. Su refugio son series ñoñas, como Gilmore Girls, una comedia romántica con siete temporadas que se sabe de memoria. Lee poesías de la española Elvira Sastre y la indo-canadiense Rupi Kaur. Escucha música pop: Queen, Los Beatles, Shakira, pero también últimamente a puras cantantes mujeres, especialmente fascinada por la argentina Jacinta (Sandoval). Se confiesa fan de la película ultra-hollywoodense Jurassic ParkEs aficionada a la fotografía y quisiera viajar mucho para conocer, por ejemplo, los barrios anarquistas de Grecia. Su vida es un continuo mix de cosas en apariencia disímiles, hasta opuestas.

Jamás he cabido en el molde ni he buscado caber en el molde. En segundo de kínder, la profesora Soco mandó a llamar a mi mamá porque había organizado una manifestación contra el presidente. A ese grado, nunca he querido caber en la norma.

Pareciera que incomodar le gusta, aunque cueste caro.

 

–El costo que ha tenido entrar al Estado es que mucha gente me asume como traidora del movimiento. Es una realidad –dice y menciona cada palabra con peso.

Luego de una pausa sigue hablando:

–La banda me ha puesto ese límite, dicen que soy una traidora, que soy parte del Estado y siempre lo voy a ser aunque ya no trabaje en fiscalía. Para mí lo importante es hacer las cosas bien y contribuir a mi ciudad y a mi país.

No es un tema fácil para ella, claramente le duele. No lo exagera, tampoco lo relativiza. Le da un lugar importante. Sigue:

–Dentro de la fiscalía, así como vi a gente haciendo cosas horribles, vi a gente haciendo cosas chidas. […] Entonces más allá de decir muerte al Estado, que era mi ánimo cuando era activista en la universidad, la idea se transformó en ser como un virus que desde adentro intenta cambiar las cosas.

Una intrusa del Estado

El Atlas de Feminicidios comenzó a funcionar el 25 de febrero de 2022 y fue presentado públicamente el 29 de noviembre del mismo año, aunque la institución no hizo público el evento ni invitó a medios de comunicación. Un instrumento claramente respaldado por la entonces fiscal Godoy pero también claramente incómodo para otros funcionarios y servidores públicos.

Además del mapa georreferenciado a partir de información de carpetas de investigación, incluye reportes estadísticos periódicos, compendio de leyes vigentes, glosario y otros datos. Es una base de datos construida con unas 100 variables, pensada como herramienta doble: puede usarse desde la institución pública o desde la sociedad para mirar al fenómeno desde las dos perspectivas.

David Herrera Santana, profesor del Colegio de Geografía de la UNAM, lo considera una gran herramienta. “No es el primer mapa que se produce a nivel nacional pero sí es el primero que se piensa desde el punto de vista institucional y lo rico es que lo haga un perfil como el de Diana, que no lo piensa desde lo burocrático sino desde su trayectoria política, con una sensibilidad distinta”, dice el profesor Herrera.

“No es el tipo de mapas que muestra feminicidios y violencia como datos aislados y fríos. Trata de darle una perspectiva humana, de no revictimizar, de sensibilizar. Consigue imprimirles respeto y la dignidad que el delito o el tratamiento sesgado de los delitos le quitan al proceso.

 

Es un instrumento que, desde la página de inicio, invita a la “retroalimentación ciudadana”. El profesor Herrera lamenta que no haya tenido el impacto que debería, porque los medios utilizan sus datos pero pocos académicos o expertos han reportado usos de análisis. Pero eso, insiste, no le quita el mérito.

–Yo me siento muy orgullosa del trabajo que hice en fiscalía porque di más de lo que tenía –resume Dian–. Y muy orgullosa porque involucró a mucha gente, fue un trabajo a muchas manos. Me gustaría que se transformara, que se convirtiera en algo que la fiscalía use para transparentar la información y las demás personas para generar política pública. […] Tal vez digan ah, pues, en esta alcaldía hay que poner un centro de justicia para las mujeres o hay que ir de casa en casa haciendo tal cosa. El atlas fue una semillita. Espero que sirva.

Ahora tiene 34 años, más tatuajes y la misma carcajada de estruendo contagioso. Ya no trabaja en la fiscalía, acabó su tiempo ahí. Salió cansada del cuerpo y de las emociones, salió ahogada, dice. Tal vez por la cercanía con la violencia, por mirarla cada día tan a detalle y por las formas en que funciona ese universo institucional complejo. Ahora se ve más relajada, pudo volver a cuidarse de cuerpo y alma, volver a caminar de noche o tomar el metro con menos miedo.

Pero lo que pasa en el mundo sigue sin resultarle ajeno, más que nada las violencias que sufren las mujeres. La mueve un ansia por cambiar las cosas y la persigue, cada día, el recuerdo de algo que varios años atrás le dijo una amiga suya: Dian, yo se que si algo me pasa tú me vas a buscar. Por eso se detiene poco en lo que los demás opinen de ella. Tiene planes para seguir desde donde pueda, le dan igual las etiquetas y no le preocupa seguir saliéndose del molde.

–A veces nos toca estar en el Estado, a veces afuera, pero estar para la banda […]. Lo que sigue es… –busca palabras que no salen– seguir creciendo. Seguir siendo una intrusa del Estado o del proceso penal o de la geografía. Me gusta ser una intrusa.

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