Internacional

Cuba libra batalla contra desabasto alimentario

Artemisa, Cuba. Yasmani Toirac Laffita no puede esconder su tristeza al mostrar el predio sembrado de garbanzo, que no dará frutos. “No hay cómo salvar el patrimonio enterrado. Todo lo invertido está bajo tierra. No hay forma de recuperarlo”, explica.

Otras parcelas vecinas, también de fértiles suelos rojos, labradas por los socios de la cooperativa que Yasmani dirige, correrán con mejor suerte. La de soya será cosechada en breve. Y la de malanga marcha por buen camino. Pero, son la excepción. Son muchas las que no podrán cosecharse. En general, la producción agropecuaria está semiparalizada. La asfixia energética decretada por Donald Trump contra la isla, dislocó la cadena del cultivo de alimentos.

Yasmani es un campesino corpulento de espaldas anchas y manos recias y callosas, que usa una gorra blanca y azul con el lema: “Día Mundial del Suelo. 5 de diciembre”. Es presidente de la cooperativa de producción agrícola (CPA) Waldo Díaz, en Güira de Melena, municipio de la provincia de Artemisa, a poco más de 40 kilómetros de La Habana.

Las cooperativas en Cuba son asociaciones voluntarias de campesinos, que unen sus tierras y medios de producción en propiedad colectiva. La Waldo Díaz se fundó en 1982. Está integrada por 91 cooperativistas, entre ellos 13 mujeres y 22 jóvenes, que poseen 241 hectáreas y maquinaria agrícola. Producen boniato, malanga, maíz, garbanzo, frijoles blancos, colorados, negros y plátano vianda. Este año no sembrarán papa, que tan bien resiste el paso del tiempo, porque no hubo semilla. En la entrada de las oficinas, una oca que enviudó, se convirtió en la guardiana de las instalaciones.

Los de la Waldo Díaz, como el resto de agricultores cubanos, no paran nunca. No tienen sábado, ni domingo ni día del calendario. Y desde enero, cada mañana que se levantan, es peor. “Trump no quiere a nadie”, dice Yasmani. “Les molesta que no pueden con nosotros. No nos perdonan nuestra rebeldía a 90 millas de sus costas. Son odiadores. Y nosotros somos solidarios, desde que comenzamos con Argelia. A los países les mandamos médicos, no bombas.”

Imagen Foto Jair Cabrera Torres

La pira

A los cubanos les gusta despedir el fin de año con una celebración. Y el pasado 31 de diciembre, pese a que 2025 había sido tan difícil, los labriegos de Güira de Melena y sus familias estaban contentos quemando el muñeco del año viejo. Es una vieja tradición. Se hace un mono, que representa el año que queda atrás, y a las 12 de la noche se le mete candela. Con las llamas se va lo malo del calendario que pasó.

Así le hicieron para recibir 2026. Se desearon paz y salud, porque su tranquilidad es un lujo que vale más que muchas otras cosas. Pero no fue así. El nuevo año no les trajo ni quietud ni bonanza, sino falta de combustible. Y sin corriente tienen que cocinar con leña y carbón. Y no funcionan los pozos para extraer el agua para riego que sus sembradíos necesitan.

Abelardo Álvarez Silva, es el presidente de la cooperativa de crédito y servicio (CCS) Antero Regalado. La organización cuenta con 222 asociados, de ellos 55 mujeres y 38 jóvenes. Sus fincas, equipos y la producción que cosechan son privadas.

El uso del riego, de algunas instalaciones, servicios y el trámite global de sus créditos son colectivos.

Frente a un campo sembrado de zanahorias y los canales de riego inundados, Abelardo cuenta: “el bloqueo nos afecta en todos sentidos. Hay muchos problemas por la falta de combustible. No hemos tenido para darle atención a ningún cultivo. De las 500 hectáreas que tenemos, más de 300 están vacías. No podemos llegar a ellas. No podemos fumigar los cultivos. No tenemos productos fitosanitarios para aplicarles. El fertilizante químico no existe. Usamos productos orgánicos que nosotros fabricamos. Pero tenemos sólo cuatro horas de corriente y no podemos regar como lo hacemos normalmente. Y hay que irrigar cuando llega la electricidad. No importa la hora.

“Antes, el camión con nuestros productos iba tres veces a la semana al mercado de La Habana. Ahora sólo puede hacer un viaje. Y nuestras viandas no llegan tan frescas. Además, no hay baterías, no hay gomas, no hay aceite ni piezas de repuesto para los vehículos.

“Desde que amanecemos es una situación crítica. El campo es un trabajo de mucho rigor, de un cansancio terrible, pero no podemos descansar por las noches. Son noches largas, sin corriente.”

Beatriz Navarro Fernández es la jefa del Departamento Internacional de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) y una muy seria conocedora de la participación de las mujeres en las cooperativas. Es una gran promotora de Vía Campesina y la soberanía alimentaria. Está convencida de la estrecha relación que hay entre comida y salud. Tiene muy presente una reciente reunión de esta organización en México. Y la posibilidad de que en la isla se siembren nopales.

Según la Vía, la soberanía alimentaria consiste en el derecho que los pueblos tienen a producir su comida en su territorio, en forma que refuerce sus valores culturales y el ambiente. Debe garantizar que campesinos, granjeros familiares y mujeres rurales cuenten con los recursos necesarios para producir alimentos, tener mayor acceso y control sobre la tierra, las semillas, el agua, los créditos y los mercados.

Beatriz explica cómo Cuba ha hecho suya esta estrategia y la considera prioritaria. Busca reducir la dependencia de importaciones de alimentos, impulsando la producción local, sostenible e impulsada por la ciencia. Ha dedicado grandes esfuerzos a consolidar sistemas alimentarios locales para garantizar acceso a comida nutritiva y a impulsar la agroecología. Pero soberanía alimentaria no es autarquía. Y el estrangulamiento energético estadunidense daña enormemente los planes para promover el derecho de Cuba a sembrar su propia comida. Este nuevo apretón en el bloqueo amenaza con dañar enormemente los caminos recorridos en los últimos años. A pesar de ello –cuenta Abelardo– los campesinos cubanos no se rinden, siguen sembrando.

Pese a que no hay semillas, no vienen con la calidad necesaria o no llegan en el momento, continúan cultivando. “Ese gran choque, lo vamos brincando. No podemos hacer ni una cuarta parte de lo que pudiéramos hacer en condiciones normales.”

Fidel

Uno de los testimonios más preciados de la cooperativa Aniceto Pérez, es un mensaje que Fidel Castro les escribió en su libro de visitas, el 19 de mayo de 1981.

En una vieja hoja rayada, se lee: “Con profunda satisfacción y optimismo por los primeros resultados de esta cooperativa que lleva el digno nombre de Aniceto Pérez. Fraternalmente, Fidel Castro”.

Cerca de su tesoro, hay otra carta de agradecimiento, conservada en un marco dorado. Es del 14 de noviembre de 2014. Está firmada por Thomas J. Vilsack, secretario de Agricultura de Estados Unidos. Dice en un párrafo: “espero que podamos seguir construyendo lazos entre los sectores agrícolas de Cuba y Estados Unidos”.

La asociación ha logrado grandes rendimientos. Son la organización económica más importante en la región. Tienen 18 tractores, 19 técnicos y acceso a crédito y seguro agrícola. Es una de las mejores cooperativas en la provincia. Nunca han caído en cartera vencida ni tenido pérdidas. Durante 26 años consecutivos han sido vanguardia, como lo atestiguan los diplomas colgados en la pared. A su interior ha habido mucha innovación. Crearon, entre muchas otras cosas más, una máquina de extracción de tabaquina, que les permite elaborar un plaguicida natural para cuidar sus siembras de frijol.

Amelia González es su presidenta. Y con buen humor y sin dudar, dice: “con permiso de nuestros maridos, aquí mandamos las mujeres”. Y eso que son sólo 53 de un total de 228 asociados. Quizás, en parte por eso, la cooperativa tiene fuerte vocación social y una estrecha vinculación con la comunidad. Ayudan a sus vecinos. Donan comida. Prestan sus pipas de agua para abastecer al pueblo. Apadrinan escuelas, círculos infantiles, policlínicos. Apoyan con transporte para poder llegar a las escuelas y hospitales.

Además de producir alimentos, la cooperativa incursionó en el cultivo de tabaco. Es un producto comercial que genera divisas. Lo venden a una empresa comercializadora estatal, que es la responsable de distribuir la materia prima a las fábricas de tabaco. Lo de ellos es parte del campo. Explica Amelia: “gracias a Dios, hace dos años nos aprobaron la escogida. Nosotros mismos escogemos el tabaco por su clasificación”.

Su principal problema hoy es su falta de combustible. De las 500 hectáreas con que cuentan, tienen más de 300 vacías.

“Trump –señala Amelia– está buscando un alzamiento popular contra el gobierno. Esa es la esencia de todo el problema. Quieren derrocar al gobierno. La alimentación es algo muy delicado. El pueblo lo entiende. Reconoce la bondad de la Revolución. Y va a permanecer unido”.

Son, explica una integrante de la ANAP, momentos muy tenebrosos, demasiado complicados. Es triste romper una pared para encontrarse una más grande. Es difícil esto. Y los daños son grandes. La agricultura no es una fábrica de hacer camisas, en la que no importa coser botones hasta el final. En el campo, lo que no se hace en el momento justo tiene consecuencias. Hay tiempos para sembrar, regar, fertilizar, para quitar la maleza, cosechar y hay que transportarlo. Un retraso o un error llevan a meses de sacrificio.

Imagen Foto Jair Cabrera Torres

Angola

De las entrañas de aquellas tierras surgieron también campesinos que se hicieron combatientes internacionalistas. En el local de la Aniceto Pérez hay una foto con los retratos de 14 de sus cooperativistas que pelearon en África. Lázaro González es uno de ellos. Con modestia, cuenta su historia.

“En su momento fui a Angola como piloto de combate, de los años 87 al 90. Participamos en varias acciones combativas. Al final, dimos pie para la liberación total de Angola y la liberación del apartheid. Fue una experiencia muy grande. Muy fuerte emocionalmente. De una gran preparación militar.

“Pienso que eso ha dado pie a frenar una invasión militar de los norteamericanos al país. Más de 50 mil cubanos estuvimos en combate en Angola, entre militares, civiles, médicos, maestros y personal de servicios. Es algo que fortaleció nuestro sistema defensivo. Lo único que se trajo de Angola fueron los huesos de nuestros muertos, ningún recurso natural.

“Durante 14 años estuve en misiones militares. Estuvimos también en Etiopía. Eso es un escudo muy importante. Tiene que ponerlos a pensar. Este no es un pueblo cualquiera, es decidido hasta la muerte. Los 32 mártires cubanos que murieron en Venezuela lo siguen demostrando. El imperio sabe que tenemos preparación combativa real. Cada pueblo tiene que ser capaz de defenderse a sí mismo”.

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