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A las puertas de la cadena perpetua, el pálido arrepentimiento del “Mayo” Zambada

Las últimas palabras en público de Ismael Zambada García pronunciadas en la Corte de Brooklyn, donde fue condenado a cadena perpetua, parecen insuficientes como una contrición de sus más de tres décadas como responsable de ejecuciones y contrabando de droga en México y el mundo

“Mayo” Zambada. Temor en México a que hable de la narcopolítica
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BROOKLYN, NY.- “Buenas tardes” y “¡Ay, cabrón!” fueron las dos primeras frases que soltó Ismael el Mayo Zambada García, capo de capos del Cártel de Sinaloa, al entrar por última vez a la sala 10-A de la Corte Federal del Distrito Este en Brooklyn, Nueva York, minutos antes de ser condenado por el juez Brian Cogan a cadena perpetua y a pagar una multa de 15 mil millones de dólares por sus innombrables fechorías.

La expresión de dolor en el cuerpo la hizo el iconoclasta y legendario narcotraficante sinaloense al tomar asiento al lado de su abogado, Frank Perez, exponiendo que, a sus 76 años, Zambada García no pudo derrotar al paso del tiempo ni al deterioro de salud y físico que lo aqueja, como sí lo hizo con las autoridades de México y de Estados Unidos que jamás le pudieron echar el guante durante sus más de cinco décadas en el narcotráfico transnacional.

Vestido con el uniforme color caqui, la camisola naranja de manga larga, el Mayo se acomodó en la mesa de la parte acusada, con un rostro sereno marcado por los surcos de la vida y la erosión en su tabique nasal de años de consumo de cocaína, demostrando como siempre lo hizo en el crimen organizado, ser un tipo que tiene los hilos en la mano, que en ese instante no sería sorprendido por nada, ya que tenía todo arreglado.

Faltaban una hora y 40 minutos para que terminara la mañana del lunes 20 de julio de 2026, para el Mayo ya eran tardes. Desconcentrado del tiempo tal vez, perdido en la oscuridad de la celda posiblemente y conducido a ciegas de la cárcel temporal donde lo tenían en Nueva York a la Corte por alguaciles federales (U.S. Marshall), que en el pasillo oculto detrás de los elevadores del edificio le quitaron las esposas y los grilletes antes de conducirlo a la sala; el capo de capos se presentaba por última vez ante decenas de fiscales y de agentes de la DEA, FBI y otras agencias y de una treintena de reporteros que asistimos a la audiencia para atestiguar lo que para muchos era el fin del corrido de un criminal místico, que por medio de la corrupción a todo nivel de gobierno de México, militar, policial y político, evadió a la justicia mirando desde la sierra inhóspita de sus terruños la crisis de inseguridad y el baño de sangre que su reinado desató por todos los rincones del país diciéndole a gritos y con sorna a las autoridades, incluidas las estadunidenses, ‘aquí estoy’, como lo ilustró con esa histórica, imborrable y gran entrevista para los anales del periodismo mexicano que le concedió en febrero de 2010 a Julio Scherer García, fundador de esta revista Proceso.

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Joseph Nocella, fiscal federal del Distrito Este de Nueva York, y Terry Cole, titular de la Administración Federal Antidrogas (DEA), se contaron entre los asistentes a la audiencia, quienes, como nosotros los reporteros, no dejaban de mirar al Mayo, pendientes de sus movimientos, muecas y cuchicheos con su abogado.

Cogan, antes de delinear la condena, recordó a la parte acusada y a la acusadora, liderada por el fiscal Francisco Navarro, que como ambos lo habían informado a él previamente, todos estaban de acuerdo en que en la sesión no habría sorpresas, la sentencia sería de cadena perpetua y la multa de 15 mil millones de dólares en bienes, activos y dinero por confiscarle al capo.

“Es un indicador de su rehabilitación y de reconocimiento a la instrumentación de la ley”, fue como Perez le dijo al juez que su cliente caracterizaba la condena que le impondrían, aclarando que con ello además le ahorraba dinero al gobierno de Estados Unidos y la exposición de testigos secretos al no ser sometido a un juicio.

“No quiero hablar de todas las horrendas cosas que hizo… metió a Estados Unidos incontables cantidades de drogas y ordenó el asesinato de miles de personas”, explicó Cogan al detallar por qué en este caso la sentencia adecuada y correcta no podía ser otra más que cadena perpetua, ya que se ajusta al castigo de los tres principales delitos que le imputaron, y aceptó todos, sobre conspiración para importar a Estados Unidos una gran variedad de drogas, entre ellas cocaína y fentanilo.

En ningún momento de los 37 minutos que duró la audiencia al Mayo, ni los fiscales ni el juez lo tildaron de narcoterrorista ni de haber metido a Estados Unidos un arma destrucción masiva (al fentanilo), como debió haberse estipulado bajo las órdenes ejecutivas firmadas por el presidente Donald Trump, para catalogar como grupo terrorista internacional al Cártel de Sinaloa y de arma de destrucción masiva al opioide mortal.

 “Acepto mi castigo”

La designación como grupo terrorista al Cártel de Sinaloa la signó Trump el 20 de enero de 2024. El Mayo llegó misteriosamente a Santa Teresa, Nuevo México, el 25 de julio de ese mismo año y tras esto, a sus muchos expedientes judiciales en varias cortes estadunidenses, le agregaron el delito de trasegar fentanilo; es decir, de conspirar con otros para meter a Estados Unidos como lo hizo, un arma de destrucción masiva. La omisión de hablar de estos crímenes en la audiencia que bajo las reglas de condena estadunidenses implican la pena capital, mostraba que todo era una cortina de humo, que en privado el capo tenía posiblemente ya amarrado un arreglo con el Departamento de Justicia.

“Comprendo la gravedad de la pena a la que me enfrento. Acepto mi castigo. No estoy aquí para pedir compasión; estoy aquí para asumir mi responsabilidad y pedir perdón por el daño que causé y el ejemplo que di”, declaró el Mayo ante Cogan y los fiscales, al leer lo que llevó por escrito a la Corte antes de que fuera castigado penalmente.

“Si hay algo valioso que pueda decir hoy, es esto: la violencia debe terminar. Tanto en México como en otros lugares afectados por este tipo de delitos se pierden demasiadas vidas, se destruyen demasiadas familias y demasiados jóvenes quedan atrapados en un ciclo que sólo conduce a la cárcel o la muerte. Nadie gana en una guerra como ésta”, a manera de acto de contrición y con tono de predicador falso, leyó Zambada García la hoja que le prepararon para la audiencia.

Fragmento del texto publicado en la edición 38 de la revista Proceso correspondiente a agosto, cuyo ejemplar digital puede adquirirse en este enlace.

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